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Los apellidos y nuestros antepasados

publicado a la‎(s)‎ 14 jun. 2010 1:23 por MJ Beneyto
Hay mucha gente que pretende reconstruir la vida de sus antepasados y sus apellidos, sin tener en cuenta que, a veces, los apellidos son históricamente muy recientes. Los apellidos no fueron necesarios mientras los individuos se limitaban a moverse dentro de un círculo pequeño, en aldeas o poblaciones en que todos se conocían por el nombre de pila y, a lo más, por el apodo. A partir del siglo V, al extenderse las fronteras los hombres empezaron a moverse y se dieron las primeras normas para una mejor identificación, añadiendo al nombre de pila el del clan familiar, el oficio, el lugar de origen o incluso el apodo. Muchos formaron su apellido añadiendo una terminación al nombre de pila, así de Sancho, Sánchez o Sanchis, que indicaba 'ser hijo de'. Así, Martínez era hijo de Martín, aunque sobre este sistema hay muchas variantes, en cada país se adopta un prefijo o terminación distintos. En el siglo X ya se había consolidado este sistema, pero al no haber registros la gente se cambiaba el apellido cuando le parecía.

En Valencia, prescindiendo de anteriores habitantes, fue repoblada tras la conquista cristiana en 1239 y, de nuevo, tras la expulsión de los moriscos en 1609. Aunque hubo un constante flujo de inmigrantes de otros territorios que acudían buscando una vida mejor. La mayoría de los nuevos pobladores vinieron de allende los Pirineos, el mayor número eran de Francia, pasando por Aragón o los condados catalanes, solían conservar sus apellidos, aunque solían adaptarlos al lenguaje y costumbres locales. Pero seguía sin haber unas normas; así, si se liberaba un esclavo era muy frecuente que se hiciese llamar por el apellido de su amo, por lo que nadie se sentía ofendido.

En el siglo XVI, a partir del Concilio de Trento (1563) se ordenó a las parroquias cumplimentar los 'quinque libri', que eran los registros de los sacramentos que se impartían en la iglesia: bautismo, confirmación, orden, matrimonio y extremaunción. Estos registros adquirieron valor oficial hasta a finales del siglo XIX, cuando se crearon los registros civiles. Aun así, la gente podía modificar fácilmente sus apellidos, de hecho había nobles o hacendados que, en su testamento, hacían donación de sus bienes a algún pariente, con la condición de que el agraciado adoptase los apellidos de su beneficiario, lo que este hacía sin más requisitos y no lo ocultaba, en muchas ocasiones decía llamarse de una forma, añadiendo que antes se llamaba de otra forma ('alius', 'olim'). Rastrear nuestros antepasados no es difícil. Disponemos de algunos registros parroquiales desde mitad del siglo XVI, si no han sufrido daño por las guerras, incendios o riadas posteriores. Desde principios del XIX constan los enterramientos en el cementerio municipal, también se puede rastrear en los registros del Hospital General y en los Protocolos Notariales. Hay censos de población desde mitad del XIX y Registro Civil desde poco después. Según a la época en que nos remontemos podemos encontrar otras vías de investigación.

Fuente: Vicente Graullera Sanz. Profesor Titular de Historia del Derecho (Universitat de València). Jubilado.

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