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Joaquín Sorolla Bastida

(Valencia 1863-Madrid 1923)

El pintor Joaquín Sorolla Bastida nace en Valencia el 27 de febrero de 1863, primogénito de los propietarios de una modesta tienda de telas, Joaquín y Concepción, que al año siguiente serían padres de una segunda hija, Concha.

Cuando apenas cuenta dos años, Sorolla pierde a sus padres en el transcurso de pocos días durante el verano de 1865, víctimas del cólera, y los dos hermanos son adoptados por una tía materna y su marido, cerrajero de profesión.

Hacia los doce años el joven Joaquín ya ha dado sobradas muestras de su inclinación a la pintura y su tío le matricula en las clases nocturnas de dibujo de las Escuelas de Artesanos, una institución fundada en 1868 que ya entonces contaba con enorme prestigio en las enseñanzas artísticas. Entre su profesorado figuraba el escultor Cayetano Capuz, que dará clase al aprendiz de pintor.

Desde Artesanos, el joven Sorolla da el salto a la Escuela de Bellas Artes de Valencia en 1878, donde ampliará su formación y conoce a otro estudiante, Tono García, hijo de un fotógrafo que se convirtió en mecenas de Joaquín, y hermano de Clotilde, su musa y mujer pocos años después.

Empieza a cosechar sus primeros éxitos, recibe un pensionado en Roma y cuando vuelve a España en 1888, ya casado, decide irse a Madrid. Allí nace su primera hija y se entrega a la prolífica actividad pictórica que desarrollaría durante toda el resto de su vida: Exposición Nacional de Bellas Artes, Exposición Internacional de Múnich, Salón de la Sociedad de Artistas Franceses de París, Exposición Internacional de Chicago, de Viena, Venecia...

Años de duro trabajo durante los que Sorolla vuelve con frecuencia a Valencia para pasar las vacaciones en familia —ya es padre de tres hijos— y seguir pintando en las playas de Denia, Jávea, la Malvarrosa o el Cabanyal.

Al empezar el siglo XX Joaquín Sorolla es ya un artista reconocido, solicitado y cotizado. De sus manos ya han salido obras emblemáticas como El grito del Palleter (1884), El padre Jofré protegiendo a un loco (1887), Clotilde en la playa (1891), El beso de la reliquia (1893), ¡Aún dicen que el pescado es caro! (1894), La bendición de la barca (1896), Retrato de María Guerrero (1897) Fin de jornada (1900), o Triste herencia (1901).

Intelectuales como Unamuno u Ortega y Gasset, personajes de la alta sociedad o el propio rey Alfonso XIII posan en los años sucesivos para Sorolla, que piensa que la felicidad sólo puede lograrse siendo pintor y se dedica a ello con ahínco, aunque también a su familia, donde cree encontrar la estabilidad emocional que necesita para pintar. Quizá por eso retrata tantas veces a sus hijos y a su mujer, Clotilde, a la que escribía a diario cuando viajaba: “…eres mi carne, mi vida y mi cerebro…sin ti nada me importaría lo que hoy me preocupa”, le dice en una carta de 1907.

El año 1911 es especialmente movido para el pintor. Viaja a Nueva York y en enero inaugura una exposición en la Hispanic Society of America que visitan más de 100 000 personas. El éxito fue tan arrollador que, a finales de año, la Hispanic le ofrece un contrato de 150 000 dólares de la época para decorar la biblioteca. El resultado es Visión de España, los catorce paneles monumentales que pudieron verse en Valencia, a finales del año pasado, gracias a la Fundación Bancaja, por primera vez en nuestro país. Ese mismo año, la familia se traslada a vivir a la casa-estudio de la calle General Martínez Campos de Madrid, el precioso palacete que hoy es el Museo Sorolla.

El trabajo titánico para la Hispanic, los continuos viajes en busca de motivos y otros compromisos pictóricos empiezan a hacer mella en la salud del pintor hasta que enferma de gravedad en 1920, mientras pintaba en el jardín de su casa a la mujer del escritor Pérez de Ayala. Éste cuenta en un artículo cómo Sorolla intentó seguir pintando e ignorar el ataque de hemiplejía que acaba de sufrir, del que no se recuperaría.

Joaquín Sorolla murió el 10 de agosto de 1923 en Cercedilla (Madrid). Tenía sesenta años y sus restos mortales se trasladaron en tren a Valencia. Aquí la comitiva fúnebre se detuvo ante el Círculo de Bellas Artes y el Ayuntamiento antes de ser enterrado en el cementerio de la ciudad.